Durante esta pandenia la SEEN ha querido dar respuesta a aquellas situaciones y consultas que, tanto socios, como enfermeras neonatales de muchas unidades de neonatología nos hacían llegar.

El documento de posicionamiento de nuestra Sociedad apostó por dejar claros los principios de la SEEN, que se muestran a continuación y que se basan en la mejor evidencia científica disponible, así como en la ética clínica y del cuidado, y son los siguientes:

  • Atención centrada en la familia.
  • Cuidados centrados en el desarrollo.
  • Promoción de la lactancia materna.
  • Humanización de la asistencia.
  • Colaboración entre los diferentes componentes del equipo asistencial.

En relación al apartado de Humanización de la asistencia os queremos hacer llegar esta reflexión de Javier de la Morena, socio de la SEEN y supervisor de la unidad neonatal del Hospital Regional Universitario de Málaga.

A este virus se le conoce como el virus de la deshumanización, porque nos encierra en casa y no nos permite reunirnos, tocarnos, abrazarnos, besarnos. Hay gente que está muriendo sin poder pasar sus últimos momentos con sus familiares, los hijos no pueden despedirse de sus padres, ni siquiera en su sepultura. Hay abuelos que conocen a sus nietos a través de la ventanilla subida de un coche, mientras las lágrimas corren por sus mejillas. Por eso lo llaman el virus de la deshumanización. Y mira que está matando cientos de miles de personas en todo el mundo, dos tercios de la humanidad se encuentran confinados en sus casas,  está paralizando economías, destruyendo millones de empleos, colapsando hospitales, las calles de casi todas las ciudades del mundo están vacías. Podíamos haberlo llamado el virus del desempleo, de la paralización, del colapso, de las calles vacías o incluso el virus del papel higiénico, pero que con todo eso, le llamamos el virus de la de la deshumanización porque no nos deja vernos y abrazarnos, dice mucho de nosotros.

Desde hace años venimos sufriendo la amenaza del terrorismo, que busca causar miedo en la población y se le combate demostrándole que no lo tenemos, salimos a la calle demostrando que no podrán con nosotros.

A este virus que pretende deshumanizarlos se lo combate precisamente con eso, con la humanidad, y la solidaridad. Cuando una mujer ingresada en la UCI conoce a su hijo que nació mientras estaba en coma a través de un video que le grabaron las enfermeras de neonatos es una pequeña victoria, cuando una enfermera hace una video llamada a unos desconocidos para darles la sorpresa de ver que su padre ha despertado y por fin le han quitado el tubo, es una pequeña victoria, cuando un sanitario derrama lágrimas porque ha perdido a un paciente o montan una fiesta porque han salvado la vida de otro, es una pequeña victoria, cuando una doctora le da  su hijo a una madre por primera vez, que no lo ha podido coger desde que nació hace dieciséis días y comparte sus lágrimas de emoción con ella, es una pequeña victoria. Sin embargo, este maldito virus también nos come terreno. No queremos acercarnos a las personas, ya no hablamos igual con nuestros pacientes, no les dedicamos esa frase tranquilizadora mientras cogemos su mano para que sepa que estamos ahí. Nos imbuimos dentro de nuestro traje de protección, físico o metafórico, y vamos a lo esencial, a terminar cuanto antes y alejarnos, y cada una de esas cosas, es una pequeña derrota.

El distanciamiento social se debe medir en centímetros, entre 150 y 200, no en decepciones, lágrimas de soledad, desamparo,  miedo...  Estar cerca de las personas no solo es cuestión de distancia, sino de cercanía, de calidez, de amabilidad, y eso no nos lo puede quitar un virus. Nos puede llegar a arrebatar todo, menos lo que somos, humanos.

En las unidades de neonatología en general, estamos sufriendo esas pequeñas derrotas, y las estamos sufriendo sin haber entrado realmente en guerra, ya que son muy pocos los casos sobre el total de nuestros pacientes. Tenemos miedo de los familiares, no nos acercamos, ya no prestamos la misma atención a la lactancia, no nos fiamos de sacar a los niños de las incubadoras para que sus madres lo cojan, separamos a niños de sus madres cuando no es necesario. Y todo esto por miedo. Las sociedades científicas recomiendan lo contrario porque es lo mejor para nuestros pacientes, recomiendan la lactancia materna, porque sus anticuerpos les ayudarán a luchar contra el virus, y contra todo lo demás contra lo que tendrán que luchar. Recomiendan el canguro, porque aumenta la cantidad de la leche y porque tiene muchos beneficios neurológicos a largo plazo para el recién nacido. Esto pasará, pero su cerebro lo será para toda su vida. Mejora también el vínculo madre-hijo, diversos estudios relacionan un peor vínculo inicial con trastorno del espectro autista, no como única causa, claro está. Todos estos cambios en nuestra forma de cuidar no han sido pues recomendaciones basadas en lo que es mejor para nuestros pacientes, sino, en el miedo, lo ha decidido este virus, que hace que tratemos a todos como culpables hasta que se demuestre lo contrario. Y eso pese a que llevamos 5 semanas sin salir de nuestras casas y la mujer embarazada, o la que tiene a su hijo ingresado en la unidad de neonatología se cuida más que ninguna otra persona.

No privemos a la madre de abrazar a su hijo, no la privemos de llenar ese hueco que se creó en su corazón cuando se rompió la magia del embarazo separándola de su hijo para meterlo en una incubadora privándola de tocarlo, besarlo y tenerlo sobre su pecho como tanto había soñado.

No privemos a ese niño de descansar sobre el mejor colchón posible, el pecho de su madre, el lugar más seguro en el que podría estar, no le privemos de ese descanso profundo, de esa tranquilidad que va a permitir a su cerebro escapar del entorno hostil que es una unidad de neonatología y que va a hacer que se desarrolle mejor.

No nos privemos de nuestra vocación, de nuestro trabajo de años, de nuestra gratificación personal de saber que estamos haciendo lo mejor para otras personas

En definitiva, no nos privemos de nuestra humanidad.

 

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